Es algo indiscutible que comer es uno de los grandes placeres de la vida. Quedar con amigos, sentarse alrededor de una mesa de un bar y empezar a hojear la carta mientras tomas un vinito o una cerveza, podría ser uno de los planes favoritos de la humanidad. Sin embargo, es necesario que haya consciencia del placer que significa comer. Cuando utilizamos la comida como una forma de aliviar, calmar o gestionar otras experiencias que no tienen nada que ver con la necesidad de nutrición del cuerpo, comer puede llegar a convertirse en un problema.

Por ello hablamos con Mireia Hurtado, psicóloga y dietista, sobre el término Mindful Eating, algo que le ha cambiado la vida. Como especialista en psicología de la alimentación, ayuda a sus pacientes a explorar caminos de autocuidados desde el enfoque de la consciencia plena, la autocompasión y de la “no dieta”. Algo que explica en su web es que, desde muy pequeña, era incapaz de controlar su alimentación: «empecé a utilizar la comida como forma de evasión ante emociones que no sabía gestionar y a intentar controlar y modificar mi cuerpo como forma de conseguir la autoestima que me faltaba». Sin embargo, consiguió sanar su relación con la comida.

Pregunta: ¿Qué es el mindful eating?

Respuesta: Mindful eating es comer consciente y atentas. Es entender el acto de comer dentro desde una mirada amplia. Es cultivar la escucha y consciencia del cuerpo para regular nuestra conducta alimentaria, es disfrutar y apreciar los alimentos que le damos a nuestro cuerpo, es atender las necesidades de nutrición y de placer del cuerpo y aprender a diferenciarlas de otras necesidades como el descanso o la calma. 
 
El Mindful Eating es una vía de entrada al cuidado del cuerpo y de la mente desde un enfoque compasivo de escucha y de atención y a la vez desde la flexibilidad y goce frente a la restricción, la culpa y la fuerza de voluntad que promueven las dietas de adelgazamiento.

P: ”Escuchar a nuestro cuerpo”. ¿Qué quiere decir eso y cómo lo podemos hacer?

R: El ser humano tiene diferentes necesidades. Las básicas son las fisiológicas, como la nutrición, la hidratación o el descanso. Cuando estas están cubiertas, aparecen otras necesidades, como las vinculadas a la seguridad, a la afiliación o la autorrealización. Cuando las necesidades no están cubiertas, se manifiestan en el cuerpo en forma de sensaciones y emociones. El contexto moderno invita a llevar la atención fuera del cuerpo continuamente: hacer, buscar, piloto automático, pantallas… lo que nos ha llevado a perder la habilidad de escuchar esas necesidades y atenderlas y, por lo tanto, a cuidarnos.

La práctica del Mindfulness y del Mindful Eating nos lleva cambios en el sentido de aprender a escuchar y atender mejor las necesidades del cuerpo, tanto de nutrición como de placer, si estamos restringiendo, aprender a gestionar los momentos de comer emocional y conocer las verdaderas necesidades que surgen.

P: ¿Esto quiere decir que hay distintos tipos de hambre? ¿Cómo podemos distinguirlos?

R: Podemos decir que son varias las experiencias que nos pueden llevar a comer, a las que llamamos “diferentes tipos de hambre”: la fisiológica, la emocional, la mental, los sentidos (vista, olfato, gusto…). Para aprender a diferenciarlas, podemos llevar la atención al cuerpo, escuchando con curiosidad qué es lo hay en el momento presente e intentando diferenciar la experiencia del hambre física respecto a la del hambre emocional (cuando hacemos un uso de la comida para gestionar nuestro mundo emocional) y del hambre mental (cuando es la mente, es decir los pensamientos, que normalmente están cargados de reglas, de debería, o no debería), de la necesidad de placer de los sentidos. Tomar consciencia de nuestras sensaciones físicas, emociones y pensamientos y desde esa consciencia preguntarse cómo podemos apoyar nuestro autocuidado para dar respuestas van vinculadas a las verdaderas necesidades.

La comida es una fuente de placer y es muy fácil hacer un uso de ese placer como forma de sentirnos mejor o evitar emociones y pensamientos dolorosos. La comida se puede convertir en una conducta de evitación, igual que lo puede ser el alcohol, las drogas y el sexo.

MIREIA HURTADO

P: ¿Hasta qué punto pueden nuestras emociones momentáneas (tener un mal día, haber suspendido un examen o estar muy felices por x razón) influir en nuestros hábitos alimentarios?

R: Cuanto más estrés, más tendencia a funcionar por piloto automático, más desconexión del cuerpo y sus necesidades y por lo tanto, más facilidad para acabar haciendo conductas reactivas para atender esas necesidades. Cuando estamos estresados y desconectados del cuerpo es fácil pillarnos comiendo, fumando, o haciendo cualquier otra conducta que tiene la intención de hacernos sentir mejor, relajarnos, calmarnos…

P: ¿Qué ocurre en nuestro cuerpo y nuestra mente cuando iniciamos una dieta restrictiva?

R: Cuando empezamos una dieta nueva, vivimos lo que se conoce como «la luna de miel» de la dieta, donde nos sentimos física y anímicamente genial. Experimentamos una especie de subidón asociado a la visualización de estar más cerca de tu nuestro «yo» más delgado. Pero después de ese mágico período, que suele durar como mucho de 3 a 6 meses, casi todo el mundo (según las investigaciones) empieza a recuperar el peso perdido y de 2 a 5 años después el 95% de la personas acabarán recurando todo el peso, según varios estudios. Hacer dieta a largo plazo es misión imposible, porque acaban apareciendo pensamientos obsesivos con la comida. Además, nuestro cuerpo luchará con uñas y dientes para recuperar el peso perdido y aumentará considerablemente el hambre para restablecer el punto de ajuste de grasa al anterior.

La cuestión es que todo esto, que es pura fisiología y supervivencia, lo vivimos como una falta personal, es decir, como un fallo por no tener suficiente fuerza de voluntad o control, con mucha culpa y vergüenza. Ese es el gran engaño que nos vende la cultura de la dieta.

MIREIA HURTADO

«Así de inteligente es nuestro cuerpo, ¿no? Hace lo que tiene que hacer para asegurar nuestra supervivencia», asegura Mireia. Pero, aún así, es infinitamente complicado no caer en las redes de esas «soluciones mágicas». «Porque nuestro cerebro lo único que quiere para nosotras es que no suframos y tener un cuerpo no-normativo conlleva sufrimiento», expresa. La cultura de la dieta continuamente nos vende la delgadez como «el dorado» y, desde su experiencia, es muy difícil tener una buena imagen corporal y por lo tanto con la comida, porque todo el contexto se encarga de lo contrario. Sin embargo, aunque complicado, siempre es posible.