El Vitíligo es una enfermedad degenerativa cutánea que causa la pérdida de pigmentación y cambia el color de la piel en manchas, tiene una prevalencia en la población bastante baja, entre el 0’2% y 2%, y hay un importante componente hereditario. Por otra parte, el Vitíligo no es contagioso y sus consecuencias son fundamentalmente de carácter estético, y por tanto psicosocial. Todo dependerá en cómo la persona logre manejar la situación y qué tan alta tenga la autoestima pero, ¿cómo le dices a una niña de 3 años que no es como el resto de sus amiguitos?

Fui diagnosticada con apenas 3 años y nadie de mi familia era consciente de lo que hablaba el doctor. El Vitíligo se abría paso en mi cuerpo a través de mi rodilla y era algo tan imparable como desconocido.

Por mucho que hable como Alba Martínez, sé que en este tema puede verse reflejada cualquier persona que tenga la enfermedad. Porque tener Vitíligo es vivir tu día intentando hacer creer y creerte que no lo tienes. Es elegir esos pantalones largos, o esas faldas que tapen tu rodilla para no escuchar esa frase de “uy, ¿qué te ha pasado?” o incluso “¿Te has caído?“. Es cada noche untarte con la crema correspondiente para que eso no se extienda, menos en verano, que es medicarte cada día dos veces al día.

Es tener ese objetivo de ahorrar para operarte “de mayor” y quitarte esas manchas blancas que no sientes acorde a tu cuerpo y mucho menos acorde a la sociedad. Todos los días crema solar, independientemente de si hace sol, nubes o llueve, el sol siempre está ahí, incluso a 3 grados. Es saber que tus vacaciones las organizas al margen de tu visita al dermatólogo, como cada año.

“Cambia tu manera de vestir y de verte en el espejo”

Es escuchar a tus amigos y amigas en la playa hablar de sus bronceadores, que si uno huele a coco, que si otro lleva zanahoria para intensificar el moreno, y tú saber que tienes que ponerte muy bien esa arcilla pastosa que utilizas como crema solar, para protegerte correctamente. Es ser consciente de que cuando llegues a casa tu madre lo primero que te va a preguntar es “¿te has puesto crema?”, porque vienes un poco roja. Es ser la pesada de tu grupo que se unta cada hora, que sale de la piscina o del agua en las conversaciones más interesantes para cuidar su derma.

Ser esa que va con la sombrilla detrás, el gorro y un vestido-pareo para cubrirse como pueda. O la que, al mínimo toque moreno en la piel, destaquen esas manchas que no suelen verse y ahora destacan aún más, como en los ojos o la comisura de los labios.

Hasta que llega un día, ese día en el que te vistes a consciencia de que se te ve y te da igual. Ese día en el que conoces a alguien que también lo tiene, o a un familiar se le es diagnosticado. O ese en el que por la televisión desfila una modelo con el cuerpo impregnado de vitíligo. Y te das cuenta de la suerte que tienes, que no sea nada dañino, que únicamente estés ligada al hospital para una vez al año y de que a nivel estético lo consideres ya parte de ti.

Cambia tu manera de vestir y de verte al espejo, lo primero en lo que te fijas ya no es tu rodilla. Cambia la manera en la que te comportas contigo misma y con los demás. Y asumes que, por mucha pomada y pastillas, lo que tienes es irreversible y medicarte solo es una excusa para cerciorarte y convencerte que no va a ir a más, cuando todo depende de tu piel. Así que terminas por dejar de esconderte y responder “no me he caído, tengo vitíligo”.

FAMOSOS CON VITÍLIGO

La modelo Winnie Harlow causó furor en las pasarelas cuando llegó por primera vez una persona que rompía con los cánones impuestos de: piel lisa, perfectamente equilibrada y sin un grano, mancha o marca en su cuerpo.

Seguro que no sabías que la cómica y actriz Silvia Abril sufre, desde hace muy pocos años, esta enfermedad. Sobre todo destaca en la zona del cuello.

Incluso, Michael Jackson, quien durante décadas estuvo rodeado por las especulaciones sobre “el blanqueamiento de su piel”, pese a que él había aclarado los motivos. Años después, tras su muerte, la autopsia reveló que padecía esta enfermedad.