Por Alba Martínez

El mundo está sufriendo la peor de sus pandemias y viendo, además, cómo poco a poco esta incrementa. Afectando esta a más de 700.000 personas cada año, siendo la cuarta causa de muerte entre los adolescente y con tan solo 1.200 llamadas a ese teléfono que te ofrece la ayuda necesaria, el suicidio es ya un hecho del que nadie quiere coger las riendas.

Y Virginia Lupi, miembro de @stop.suicidios, lo sabe mejor que nadie como superviviente del suicidio de su madre, que ocurrió el pasado septiembre de 2020. Ella llevaba estabilizada y controlada más de 30 años del trastorno bipolar que padecía pero, después del confinamiento, entró en un episodio depresivo muy grave, donde decidió poner fin a su vida.

La enfermedad de su madre hizo que, tanto Virginia como su familia, notasen la incapacidad de razonar por su parte, “para mí era como hablar con una pared, como si por más cuerdas que le lanzase, ella no fuera capaz de cogerlas para salir del agujero en el que se encontraba”.

“Creía que no quería dejarse ayudar, y es que realmente no podía, el monstruo que se había apoderado de su cabeza no la dejaba”

Pero, ¿cómo abatir esta pandemia sin apenas recursos o ayudas?. Virginia cuenta cómo, al asistir a urgencias cuando comenzaron a ver más evidente la depresión, únicamente le recetaron más pastillas, la enviaron a casa y le dieron cita con el psiquiatra para pasada una semana. Además, explica, “En varias visitas posteriores (creo que 2 presenciales y una telefónica), la profesional que la atendía no nos dijo en ningún momento qué debíamos hacer, o qué no hacer. No vio el riesgo de suicidio en ningún momento, a pesar de llevarlo escrito por mi madre en una libreta y haberlo leído en consulta”.

La mente muchas veces juega malas pasadas, no damos la importancia verdadera que debe tener la salud mental y es un tema que aún cuesta hablar claramente de él. Pero Virginia no tiene miedo de hacerlo, y lo dice bien alto, “sí que tuve pensamientos suicidas después de perder a mi madre, y yo no sufro ninguna enfermedad mental. Me inundaba la culpa, realmente creía que yo la había incitado a hacerlo, que no la había ayudado lo suficiente. Me sorprendía a mi misma pensando en estrellarme con el coche para parar mi cabeza, o planificando métodos, horas…”, asegura, “Pensaba que no merecía vivir, que era una mala persona. La culpa es otro monstruo muy puñetero que te inunda de una oscuridad aterradora”

Sin embargo, para las personas que no hemos pasado por eso, es muy difícil entender la situación. Parece que una enfermedad mental no es real si no la vemos y durante mucho tiempo se ha pecado de pensar que una persona tiende a exagerar y que, simplemente está triste. Por ello, Virginia admite que su madre se sintió incomprendida muchas veces a lo largo de su vida, tenía rutinas o manías que se le hacían un mundo, mientras para los demás eran simplemente eso, manías. 

Muchas veces utilizamos términos como “qué depresión», “esto es un suicidio” o, “me pasa esto y me mato”, de manera muy común y sin ver la gravedad de su significado, pero, ¿estamos banalizando la enfermedad cada vez que soltamos un comentario así?. Virginia confiesa que, previamente a todo lo sucedido ella también decía esas expresiones, pero que ahora le duelen especialmente. Aún así, entiende que son solo eso, expresiones, que se utilizan desde el desconocimiento y la ignorancia. “Por eso creo que es tan importante la educación emocional”, destaca.

En cambio, si le preguntas como superviviente cuál es la visión que tiene la sociedad sobre el suicidio o una depresión emocional, admite que “Afortunadamente en los últimos años estamos viendo un cambio de actitud al respecto, rompiendo el estigma y el tabú y normalizándolo. En parte, porque estamos en la era de la información, y porque somos nosotros mismos los que estamos cada día contribuyendo a que se siga rompiendo el tabú”. Y destaca que, “está claro que queda mucho por hacer, pero paso a paso vamos mejorando esa visión”.

“Pensaba que no merecía vivir, que era una mala persona. La culpa es otro monstruo muy puñetero que te inunda de una oscuridad aterradora”

Si nos centramos en las carencias del sistema sanitario ante el tratamiento de la salud mental, no duda en explicar que su madre “siempre me decía que sus visitas al psiquiatra eran de 5/10 min., cada mes o cada 2 meses. La preguntaban si estaba bien o mal, y si era mal, la subían la medicación, pero más allá de eso…”, además, cuenta que nunca vio a un psicólogo, y le faltaban “herramientas para gestionar o comprender su propia enfermedad”. Comenta cómo, al empeorar en plena pandemia, “se olvidaron de ella y cuando la llevamos de urgencias ya era tarde”.

Después de lo sucedido, cuando le pedimos que nos gustaría que mandara un mensaje a aquella persona que nos esté leyendo y que pueda estar ahora en medio de una enfermedad como es la depresión, Virginia concluye que le resulta muy complicado darles ánimos o decirles que busquen ayuda cuando los recursos son tan limitados, y asegura que “estamos luchando hasta la extenuación para que nos escuchen de una vez y puedan encontrar la ayuda que necesitan lo antes posible y nosotros les ofrecemos lo que podemos. Les diría también que les comprendo, que se lo difícil que es para ellos despertarse cada día y sentirse atrapados en la oscuridad, pero que hay salida. Que no están solos y que no vamos a parar hasta que lo consigamos”.