Por Blanca Escribano

Jordi empezó a dejar de comer porque la comida era algo que podía controlar. En su adolescencia, recibió acoso en la escuela, aunque nunca fue juzgado por su físico. Acabó creándose una armadura, con las pocas herramientas que un adolescente puede tener a su disposición para poder superarlo. «El escudo estaba puesto, pero el daño estaba hecho», por lo que dejar de comer fue una manera, inconsciente, de pedir auxilio. Con 14 años, y sintiendo que se odiaba y que su vida no tenía sentido, dejar de comer fue como pedir ayuda. «Me llevaron al psiquiatra pero en la tercera sesión dijo que “eran cosas de la edad, que no nos teníamos que preocupar”. Y así fue. Nos dejamos de preocupar, pero la herida estaba allí. Pasó el tiempo, y ya hacia los 20 años me di cuenta que si quería ser aceptado mi cuerpo tenía que cumplir unas características. Allí es cuando empezó la obsesión por el físico«, nos cuenta.

Los trastornos alimentarios se han disparado durante la pandemia. A los cánones de belleza imposibles, se le sumó el factor del confinamiento: meses difíciles donde mantener hábitos saludables (tanto de ejercicio físico como de alimentación) se complicó. Además, el aumento a la conexión a redes sociales no ayuda. Estar constantemente comparando nuestro cuerpo y nuestra vida con la de los demás. Sin embargo, cuando se piensa o se habla de términos como «anorexia» o «bulimia», lo primero que aparece en nuestra mente es una mujer. Se asocia a una «enfermedad de chicas», pero a pesar de que las cifras expliquen que se trata de casos mayoritarios, ¿qué pasa con los chicos?

«Me di cuenta que si quería ser aceptado mi cuerpo tenía que cumplir unas características. Allí es cuando empezó la obsesión por el físico»

La herida que Jordi se había hecho en su adolescencia se convirtió «en el pan de cada día». «Durante 20 años he hecho todo tipo de dietas, me pesaba de forma compulsiva para ver si había perdido ni que fueran 100 gramos. A veces no me pesaba, por miedo a que la cifra no estuviera dentro de mis estándares», explica. Fue en enero de 2020 cuando, por una amiga, empezó el tratamiento en la Unidad de TCA. Primero, en el hospital de día, donde todas sus comidas pasaron a ser controladas. «Pasé de vivir solo a volver a ser “un niño pequeño” a quien le cocinaban, no le permitían ir al supermercado y no podía entrar en la cocina». Y después, una terapia grupal de chicos, donde una vez por semana se reunían, guiados por una psicóloga. Jordi reconoce que la mejora ha sido notable desde que empezó, hace dos años, en ese grupo y que, a pesar del largo camino que siempre queda por recorrer, «no soy el mismo que hace 2 años. Y menos, el de hace 20».

Largo camino por recorrer

Uno de los grandes problemas de los trastornos mentales es que son invisibles a ojos de la sociedad. Nadie nos enseña a saber ayudar a alguien que padece un trastorno, por lo que la reacción de su entorno cercano fue la de ignorancia, pero con un «apoyo innegable». «Familiares y amistades se volcaron para poder entender el trastorno y, sobre todo, para ayudarme». Sin embargo, Jordi reconoce que todavía hay ciertas cosas difíciles de asumir. Aceptar que tiene distorsión corporal, y que su realidad no es la que otros ven, es lo que más le cuesta. «Me daba mucha rabia, pero lo importante es primero cuidar mi autoestima, tener autocompasión, respetarme y no saltarme ninguna comida».

«Me ha costado entender que mi cuerpo no tiene por qué gustarme, pero es mi cuerpo y debo aceptarlo tal como es»

La publicidad, las redes sociales y los medios de comunicación han provocado que la palabra «TCA» se asocie principalmente a mujeres. Pero también la propia sociedad y el sexismo interiorizado: «La educación que hemos recibido como hombres: falta de expresar lo que sentimos, que somos el sexo fuerte, tenemos que demostrar siempre aquello que muchas veces no somos», subraya Jordi. En su experiencia personal, cada vez que buscaba en Internet, antes de poner nombre a lo que le ocurría, se encontraba con una sintomatología de anorexia nerviosa con la que no podía identificarse del todo. «Todo lo que encontraba estaba escrito en femenino y había un síntoma que obviamente yo no podía tener: “pérdida de la regla”. Por eso, aunque cumpliera todos los síntomas, negaba que aquello me pasara a mi».

Una enfermedad «de mujeres»

De esta forma se resignaba, pensando simplemente «yo soy así». Para evitar que otros hombres se sintiesen como él, nació @anorexia_masculina. «Muchos hombres tendrán miedo, tendrán dudas, no sabrán cómo actuar, se sentirán solos, no sabrán qué les pasa, se sentirán que no forman parte de este mundo… Creo que explicando mi historia, mi vivencia y rompiendo tabúes y estigmas de los TCA puedo acercarme a estos hombres y decirles que no están solos, que los entiendo, que sé lo que están pasando y que pidan ayuda».

«Todo lo que encontraba estaba escrito en femenino y había un síntoma que obviamente yo no podía tener: “pérdida de la regla”. Por eso, aunque cumpliera todos los síntomas, negaba que aquello me pasara a mi»

A la última pregunta, «¿qué tendría que hacer la sociedad para demostrar que los TCA no entienden de género?», Jordi destaca: «Educar en salud mental. Gestión emocional. Tener testimonios tanto de hombres y mujeres que cuenten su vivencia, que se hagan estudios tanto en hombres como en mujeres, que los medios de comunicación ayuden a visibilizar».