«Este libro nace porque todos lo necesitamos. El cáncer -como cualquier otra enfermedad que muerde y destruye una vida- deja a su paso llagas abiertas de las que emergen miles de preguntas que no siempre sabemos responder». Así comienza la historia de ‘Verito’, una joven que, a sus 25 años, fallece a causa de un cáncer. Su vida queda recogida en el libro «Al otro lado del camino» y su sueño también se materializa en algo tangible, en la Fundación Camino: la primera casa de acogida para jóvenes de entre 12 y 18 años en Santiago, Chile.

¿Quién es ‘Verito’?

María Verónica Monge Márquez, ‘Verito’, fue diagnosticada de cáncer a sus 23 años recién cumplidos. Fue una experiencia límite que puso a prueba a toda la familia, pero especialmente a ella, que cambió su vida para poder acceder a un tratamiento en Nueva York. Una suerte con la que, sin embargo, no cuentan todos los jóvenes en Chile. Tras su muerte, su familia logró cumplir su deseo: construir «un espacio de luz y esperanza, bienestar y encuentro, como punto de inflexión durante esa difícil etapa de sus vidas», para aquellas personas con pocos recursos. Así nace esta fundación, en septiembre del 2013.

«Fundación Camino es un sueño hecho realidad», empieza a contarnos su padre, Vicente Monge, fundador y presidente de la fundación. «No fue fácil encontrar los arquitectos que nos pudieran ayudar a construir un edificio de 4 pisos, con todas las comodidades que pudieran necesitar estos jóvenes y sus acompañantes. Aquí la experiencia de la familia en los dos años y medio de tratamiento en Nueva York sirvió para agregar una serie de comodidades en la construcción». Con ayuda de arquitectos, diseñadores y con el apoyo económico de donaciones y créditos bancarios, la casa abrió sus puertas en noviembre del 2020.

«Fundación Camino es un sueño hecho realidad. Es el sueño de María Verónica Monge Márquez que, tras su muerte, mi familia logra materializarlo para recibir a jóvenes de escasos recursos mientras realizan sus tratamientos contra el cáncer»

Vicente Morge, su padre

«Son 1.200 metros cuadrados construidos, que se dividen en 14 habitaciones dobles (cada una con su respectivo baño), cocina y comedor común, sala de juegos, espacio de co-work, espacio de terapias, lavandería y una suerte de terraza/patio», nos explica Claudia Sánchez, directora ejecutiva. Además, a parte de alimentación y vivienda, en Casa Camino cuentan con un equipo psicosocial para acompañar psicológicamente tanto a los jóvenes oncológicos como para sus familias. «Potenciando así su bienestar físico y psicológico en un contexto de alta complejidad emocional», cuenta Claudia.

La vida en Casa Camino

«Todos los días son distintos. Esa es una realidad por la naturaleza de nuestra Fundación. Nunca sabes si alguien va a quedar hospitalizado, si alguien volverá a su casa junto a su familia, si tendremos un nuevo ingreso o si alguien viene de visita para controles. Eso hace que todo sea muy dinámico. Sin embargo, tenemos una rutina establecida para el día a día y siempre bajo un espíritu comunitario que se caracteriza por generar un espacio cálido y familiar, de acompañamiento mutuo tanto en la alegría como en el dolor«, expresa Francisco Chahin, director social.

Una comunidad oncológica diversa pero unida a la vez. Mientras los adultos que acompañan a los chicos mantienen el edifico con labores de aseo y cocina, los pacientes acuden a sus tratamientos en los hospitales y clínicas y disfrutan de las actividades en la Casa: «Talleres de yoga, robótica, reforzamiento escolar, ejercicios físicos, arteterapia, juegos de mesa y un gran etcétera de actividades dan forma a una rutina entretenida, donde los jóvenes siguen siendo jóvenes», explica Francisco.

«Casa Camino es una comunidad oncológica diversa pero unida a la vez. Tenemos un espíritu comunitario de acompañamiento mutuo, tanto en la alegría como en el dolor»

Francisco Chahin, director social

Dejar tu hogar para acceder a un tratamiento

Vivir un proceso de tratamiento oncológico es duro para cualquiera, pero estos jóvenes dejan su hogar, su familia y sus amigos para trasladarse a Casa Camino. Sin embargo, allí tienen la suerte de encontrarse unos a otros, de hacer comunidad, de compartir: «Crean lazos y vínculos muy profundos, en los cuales comparten sus experiencias, sus intereses, sus miedos y alegrías. Ese sentimiento de pertenencia no me cabe duda de que resulta ser muy positivo para ellos», explica Francisco.

Y también ocurre con los adultos que los acompañan: «Mientras uno puede vivir en el norte de Chile y otro a 10.000 kilómetros en el sur, están atravesando una experiencia muy similar y, el hecho de estar conviviendo en la misma casa, les impulsa y obliga a compartir sus vivencias, apoyándose mutuamente para mirar con optimismo el futuro».

Uno puede vivir en el norte de Chile y otro a 10.000 kilómetros en el sur, pero están atravesando una experiencia muy similar. En Casa Camino crean lazos y vínculos muy profundos

Sin duda, la parte más difícil para los profesionales y miembros que viven en la comunidad es la de despedirse de una familia cuando alguien fallece. Su director social nos cuenta que en estos años han tenido que enfrentar la partida de siete jóvenes. «Son días de mucha tristeza e impotencia, donde te dan ganas de transformar una realidad que no se puede transformar. Intentamos mantenernos unidos y ejecutamos ritos propios para cerrar ciclos, poniendo el foco en lo positivo. Buscamos respuesta a: ¿Qué fue lo que está persona ha dejado para mí? ¿Qué puedo agradecer de que nuestros caminos se hayan cruzado?»

Del mismo modo, los mejores recuerdos en la Casa se viven cuando una familia se marcha: «Vuelven del hospital con una sonrisa de oreja a oreja y nos dicen que el cáncer fue superado y que es el momento de retomar sus vidas y reencontrarse con sus familias», cuenta. «Son tantos y tantos los meses que estamos conviviendo con nuestras familias que se crean vínculos muy profundos que trascienden la esfera laboral; y si bien nos alegramos muchísimo cada vez de que un joven culmina su tratamiento, sabemos que su regreso a casa dejará un vacío tremendo en nuestros corazones«.

«Damos por hecho que cada familia que ingresa a Casa Camino algún día dejará de compartir con nosotros y eso, a la vez de alegrarnos profundamente, se acompaña con un dejo de nostalgia por todos los momentos vividos»

Francisco Chahin, director social

Unidos somos más fuertes

Uno de los beneficios de poder compartir una enfermedad como el cáncer en una casa con otros enfermos oncológicos es la sensación de que nunca te sentirás incomprendido. Así lo vive Cristofer Rojas, un joven de 18 años que llegó con su madre desde Coyhaique, región de Aysén (a más de 1.700 kilómetros hacia el sur de Santiago, donde está la casa de acogida). En 2017, a sus 13 años, fue diagnosticado con leucemia linfoblástica aguda. «Fue raro, los únicos síntomas eran dolores en la rodilla y una mañana que amanecí con la parte blanca del ojo de color amarillo», nos cuenta Cristofer. Así fue su primer diagnóstico de cáncer, que remitió tras un año de tratamiento en el Hospital Base de Valdivia (Región de Los Ríos).

Sin embargo, dos años y medio después, tuvo una recaída. «Me di cuenta de que me estaba enfermando porque salía a trotar con mi perro todas las tardes y de un día para otro mi rendimiento empezó a decaer. Me costaba más levantarme por las mañanas y hacer ciertas cosas. Mi familia también lo notó, pero nadie dijo nada, era como un secreto que todos sabían pero que nadie quería desvelar«, nos cuenta.

Esta recaída obligó a Cristofer y a su madre a trasladarse a Santiago para recibir un trasplante de médula ósea de su hermano y, a través de un asistente social, encontraron Casa Camino. «Recuerdo que la busqué en Instagram para ver cómo era la casa», nos dice. «Gracias a esta fundación siento que he forjado lazos que en ninguna otra situación hubiera podido crear. Tener a gente de tu edad cerca te hace sentir que no estás solo y hace menos abrupto el cambio de la realidad de un joven sano a la de un joven enfermo».

Cristofer Rojas, en Casa Camino

«Tener a gente de tu edad cerca te hace sentir que no estás solo y hace menos abrupto el cambio de la realidad de un joven sano a la de un joven enfermo»

«Los fines de semana son calmados, pero los días de semana me levanto, asisto a clases online o voy a los controles del hospital. Por la tarde participo en los diferentes talleres que hacen en la casa o hago terapia ocupacional, vemos alguna peli o jugamos juegos de mesa», nos cuenta. Actualmente el cáncer ya se ha eliminado por completo y Cristofer se encuentra en tratamiento activo, por lo que desde la Casa Camino nos informaron que, después de esta entrevista, recibió el alta y pudo volver a su ciudad natal, Coyhaique. 

Despedirse del cáncer

«Yo creo que lo más importante es decir que, como todo desafío en la vida, esto de tener cáncer se transforma en una gran una batalla, sólo que esta no va a ser fácil y que se tiene que luchar muy duro. Yo no entendía a que se referían con eso de luchar, hasta que alguien me dijo que se trataba de que aquellas cosas simples, ya que con el tiempo y el tratamiento, se vuelven más complejas. Pero lo más importante es tener el ánimo optimista y nunca pensar en rendirse como una opción». Este es el consejo de Cristofer para cualquier joven que, como él, deba enfrentarse a una enfermedad que, tal y como dice el prólogo de la historia de ‘Verito’, muerde y destruye una vida. Desde Casa Camino ayudan a que este camino sea más fácil, lleno de comprensión y apoyo mutuo para que, algún día, podamos volver a encontrarnos «Al otro lado del camino».